¿Piensa mal y acertarás?

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Cuando a finales de un mes de enero me mudé al piso de alquiler donde vivo ahora, en algún momento fugaz del ir y venir de cajas y muebles, me percaté que ningún vecino tenía plantas en la ventana. Extrañada, le pregunté a la propietaria si se podían tener plantas, y ella me contestó que no creía que hubiera ningún problema. Así pues, coloqué felizmente mis macetas y seguí tranquilamente con el resto de cosas de la mudanza.

Llegada la primavera, cuando los vecinos ya empezábamos a abrir las ventanas para dejar entrar el aire fresco en casa, acababa yo de regar mis plantas cuando oí los lamentos de mi vecina de abajo, quejándose amargamente de no sé qué agua que le estaba entrando por no sé donde. En aquellos momentos tardé algunos minutos en relacionar sus quejas con lo que yo acababa de hacer, por lo que cuando sonó el timbre de casa, me sobresalté un poco.

Abrí la puerta y allí estaba la vecina, una mujer de unos sesenta y pocos, más baja que yo, mirándome con un acentuado gesto de reproche. Cuando le pregunté qué sucedía (aunque ya empezaba a sospecharlo) me dijo que regando mis plantas le había entrado agua en el comedor y que le había dejado el suelo perdido. En seguida le pedí disculpas muy sinceramente, ya que era evidente que estaba muy disgustada, sin embargo, la mujer siguió hablando atropelladamente, diciéndome que la comunidad había establecido la prohibición de tener plantas, a lo que yo le contesté respetuosamente que la propietaria no me había informado de ese hecho, y que era evidente que siendo nueva en la comunidad no había tenido tiempo de enterarme de esa norma. La señora, muy digna, me confirmó enérgicamente que no se podían tener plantas y que ya era la tercera vez que yo le inundaba el comedor. Fue entonces cuando abrí los ojos como platos, y en la breve pausa en que la mujer cogió aire para poder seguir abroncándome, aproveché para preguntarle por qué narices se había esperado hasta entonces para decírmelo.

La mujer se quedó mirándome con la boca abierta, sin emitir sonido alguno. Aprovechando la bajada de guardia, e impelida por un enfado que crecía en mi interior, le pregunté que por qué no me había avisado la primera vez que le había inundado el comedor, que no entendía por qué se había esperado hasta hoy para subir a regañarme. La señora empezó a titubear, murmurando algo sobre normas, pero mi enfado siguió creciendo y le solté que yo no me había mudado allí para tocarle las narices a los vecinos, y que le pedía por favor que la próxima vez que pasara algo no se esperara a que empeorara la situación. Habiéndole dado la vuelta a la tortilla, la señora y yo nos despedimos educadamente después de anunciarle que retiraría las plantas en seguida y que (yo) esperaba no tener más disgustos como aquél.

A partir de aquel día hemos tenido una relación muy cordial; sin embargo el recuerdo de ese episodio hace que me plantee hasta qué punto nos gusta a los seres humanos esperar que los demás den el primer paso en la resolución de un conflicto, dejando que pase el tiempo amargándonos la convivencia. La señora vecina prefirió pensar que yo era una jovencita maleducada que me pasaba las normas por el forro antes de pensar que simplemente yo no tenía ni idea que estaba infringiendo las normas.

Sí, esto es extrapolable a todo tipo de relaciones: esperar a que sea el otro el que actúe, presuponiendo opiniones y razones, armándonos de argumentos y rencores. Por favor, hagamos la convivencia más fácil. Si te molesta algo que haga tu vecino, tu hermano, tu pareja o tu amigo, no esperes a que él o ella lo adivine.

La comunicación consiste en intercambiar información entre dos o más personas (…). Es importante tomar consciencia de lo que sientes cuando interactuas. Si te sientes irritado, molesto o sientes cualquier emoción de carácter negativo es cuando tendrías que aplicar una respuesta lo más empática posible diciendo aquello que sientes, teniendo en cuenta los sentimientos de tu receptor. Este tipo de comunicación permite cambiar una relación de tipo simétrica, o sea de enfrentamiento mutuo y donde se favorece el reconocimiento de las emociones mutuas. [Fuente: Fundación Eduardo Punset]

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Haciendo amigos

sobrado/a
adj. Atrevido, audaz y licencioso.

– ¿Qué tal fue el taller?

– Terminando la primera ilustración -le dije, mandándole orgullosa la foto de mi bonito robot.

– ¿Hacéis cosas menos infantiles?

– [Arqueado de cejas] No se trata de aprender estilos de dibujo sino técnicas de ilustración: acuarela, rotuladores, tinta… El tema o motivo sólo es una excusa.

– ¿Y no tienes ganas de probar ya estas técnicas con un dibujo propio?

– [Cara de póquer] El dibujo es mío. No lo he copiado.

– Ah, pues está chulo. Pensaba que era copiado.

– [Ojos como platos, boca abierta] ¿Qué te ha hecho pensar que era copiado?

– Porque me parece bueno.

– [Boca muy abierta] Es un poco ofensivo.

– [Tono apresurado de excusa] ¡Una cosa es pensar que dibujaras peor y otra que pensara que no supieras dibujar…!

tontolculo
La palabra tontolculo no está registrada en el Diccionario. Las que se muestran a continuación tienen formas con una escritura cercana:
fontículo.
montículo.
tentáculo.
tontillo.

Psicoanàlisi gratuït

Quan treballes de cara al públic, has de saber tractar amb gent de tota mena. Hom detecta comportaments bastant generalitzats que tractes de comprendre per no estar contínuament enfadat amb el món (per exemple, pares que deixen anar els nens a la biblioteca com si fossin al parc); després hi ha casos individuals que són autèntica carn de psicoanalista. D’aquests darrers només queda desentendre’s, per no haver de fer-se mala sang.

Tot i això, haig de reconèixer que en el fons m’encanta, ja que a partir d’aquestes situacions gaudeixo elaborant un psicoanàlisi gratuït d’aquella persona, preguntant-me i raonant quin coi de problema té.

L’últim cas que vaig “patir” a la biblioteca va ser quan un usuari va venir a preguntar on teníem llibres en anglès. La conversa va anar més o menys així:

– Bona tarda, teniu llibres en anglès?

– Novel·la…?

– Sí.

– Aquí darrera d’aquesta prestatgeria -vaig respondre assenyalant la prestatgeria en qüestió-, hi ha la novel·la en diferents idiomes, entre ells, l’anglès.

– Molt bé, d’acord, gràcies.

Al cap duna bona estona es va acostar de nou l’usuari al taulell de préstec amb uns quants llibres a la mà, em mirà sorneguer i digué, assenyalant uns prestatges de la zona de llibres de coneixements:

– També he vist que teniu d’aquells llibres petits en anglès.

– Sí, són relats adaptats per aprendre anglès -vaig respondre de seguida, en saber de què parlava.

– No m’ho havies dit.

– Perdoni… En preguntar-li si volia novel·la i en dir-me vostè que sí, no he pensat en els llibres per aprendre anglès. No són pròpiament novel·les…

– Sí, però són en anglès i jo t’he demanat llibres en anglès.

– Ah… -vaig respondre, completament descol·locada.

-Tranquil·la, no passa res… – contestà, amb un to paternalista. I adoptant un to més aviat alliçonador, afegí- Però espero que ho tinguis en compte per la propera persona que vingui demanant el mateix, que teniu llibres en anglès en dos llocs diferents. Bona tarda.

Infeliç…?

No entendré mai les persones que es senten satisfetes quan poden posicionar-se per "sobre" dels altres...

No entendré mai les persones que es senten satisfetes quan poden posicionar-se per “sobre” dels altres…

De la sensibilidad

Las vías del tren podrían contar muchas historias

Las vías del tren podrían contar muchas historias

Uno de tantos días en los que iba en el tren de camino al trabajo alternando la mirada entre el móvil y la ventana, aquél se paró a la salida del túnel del Clot y reemprendió la marcha al cabo de unos diez minutos dando el conductor una vaga explicación. Esto no era ninguna novedad, es algo habitual por lo que toca esperar pacientemente a que se reanude el viaje para llegar lo menos tarde posible.

Fue en la curva pronunciada que separa La Mina de Sant Adrià, cuando la mujer de mediana edad que iba sentada delante de mí dio un respingo y empezó a exclamar exaltada que había una pierna en el arcén, que el tren había atropellado a alguien y que (atención) mirásemos todos por la ventana la sangre y las tripas que había por todas partes. Un horror, ¿verdad? Cuánto más pedía que mirásemos, más separaba yo la vista de la ventana y más me hundía en el asiento, deseando que esa (estúpida) mujer dejara de gritar.

Por suerte nadie hizo caso a la mujer y ésta fue calmándose a medida que el tren se alejaba (“Dios mío, la sangre, la tripas, qué horror, Díos mío!”, iba diciendo), y yo iba preguntándome por qué narices habían dejado pasar el tren por encima de los restos de esa pobre persona, por qué no estarían cubiertos con alguna sábana o manta. Entonces me acordé de ellos.

Todos los que cogemos a menudo el tren de cercanías de Barcelona a Mataró conocemos un rincón que hay cerca de las vías en el barrio de La Mina donde pueden verse deambular personas consumiendo droga a plena luz del día. Por desgracia, de vez en cuando alguna de ellas acaba debajo de las ruedas del tren. Esto fue probablemente lo que había pasado, y de repente me pareció horrible la idea que alguien hubiera permitido, por omisión o no, que los restos de esa pobre persona acabaran mostrándose así al mundo (los pasajeros del tren), sin la mínima dignidad que le podría haber dado un trozo de tela. ¿Tanta prisa había? ¿Era realmente necesario que el tren avanzara?

La situación había vuelto a la calma y la mujer iba musitando cosas que yo no alcanzaba a entender. De repente, como despertando de un sueño, miró su reloj de pulsera y habló en voz alta.

– ¡Siempre igual con los trenes, otra vez llegando tarde!

Bailarina

Un corriente test de competencias profesionales me sorprendió la semana pasada con una profesión inesperada en el cuarto puesto del ránquin; como si de un error tipográfico se tratara, el test me desvelaba que tenía claras competencias como bailarina. ¿En serio? ¿Bailarina? Si me hubiera salido pescadera aún me habría parecido verosímil.

De repente me vinieron a la cabeza la de veces que he intentado aprender a bailar. Impuesta o por voluntad propia, a mis treinta años tengo bastante claro que lo mío no son las coreografías. Cualquier cosa que requiera coordinación es un martirio para mí. Ni bailar ni tocar un instrumento, ni siquiera soy capaz de hacer ese juego de dar golpecitos a la cabeza con una mano y círculos en la barriga con la otra: a los dos segundos me estoy golpeando las dos cosas. Me acuerdo que mi profesor de gimnasia en el instituto nos enseñaba a hacer pases con la pelota de baloncesto: que si botar la pelota dos veces, ahora quedarte quieto, ahora puedes botarla y ahora no…, vamos, como una coreografía deportiva. El pobre hombre se dió cuenta que si me ponía un cinco y luego no me daba la media de bachillerato para entrar a la universidad me iba a acordar de él el resto de mi vida, porque estaba claro que yo no iba a cursar estudios de educación física.

En otra ocasión me apunté a la moda de aprender a bailar swing, con el romántico recuerdo de la película Swing kids (1993) en la memoria. Si eran cuatro clases aguanté hasta la tercera: en un momento dado mi cerebro se colapsó cuando, intentado mover los pies, la profesora me riñó por estar moviendo los hombros. ¿Hombros? ¿Qué hombros? ¡No tengo hombros! ¡Tengo un par de pies que no se conectan con mi cerebro! Ahora, cuando me encuentro a los bailarines en la Plaça de la Virreina de Gràcia, me aparto de la multitud por miedo a que algún mozo me quiera sacar a bailar (cosa harto improbable, teniendo en cuenta el déficit de bailarines que hay) y sonrío como una tonta cuando la chica de grácil porte me da el flyer de la escuela de baile con una sonrisa.

Por no mencionar aquella divertidísima despedida de soltera en el Antilla Club en el que nos enseñaron a bailar salsa, bachata, merengue y rumba antes de subir a la pista de la discoteca a bailar, en el que llegué a rechazar amablemente dos o tres invitaciones para salir a la pista por un ataque de vergüenza-pánico-mente-en-blanco, momento en el cual hubiera querido convertirme en parte del decorado antes de tener que volver a rechazar otra invitación… (que conste que el profesor fue absolutamente encantador y los clientes también y que precisamente por eso me sentía tan mal estar diciendo todo el rato que no).

Por suerte esto no significa que no me guste bailar, saben mis amigos que si salgo de fiesta bien que bailo, pero que lo mío es el freestyle en todo su significado. No me lleves al swing, ni siquiera a la clase de body combat (de hecho no me saques del spinning, que es como el Saturday night de las coreografías): a mí dame una verbena popular con orquesta y seguramente te bailaré un Paquito el chocolatero encantadísima.

Y respecto al test de competencias profesionales, pues nada, lo repetí y la bailarina no volvió a aparecer.

Servidora en verbena popular en Alaior. La señora era encantadora.

Servidora en verbena popular en Alaior, Menorca. La señora era encantadora.

De la memoria

Boda

Por suerte algunas joyas no se han perdido

El otro día borré accidentalmente de mi disco duro externo todo mi archivo de fotos. No-sé-cuantos megabytes de información se colaron por el retrete del mundo de lo digital y virtual, sólo que para mí mis fotos eran todo menos algo virtual -por mucho que sólo fueran “ceros y unos”.

Como mujer acostumbrada al uso de las redes sociales para pedir consejo, fui a la búsqueda de la recomendación que me aliviara la angustia. Y recomendaciones técnicas aparte, me sorprendí de la variedad de comentarios desazonadores que se produjeron, desde la socarronería de algún individuo al que le parecía gracioso, la impiedad de mi hermana -una vez que le pasó lo mismo según ella me reí, no lo recuerdo-, o el gracioso gif de turno.

[Pausa para mencionar que también hubo muchos comentarios de ánimo, incluso uno que me invitaba a iniciar una nueva etapa fotográfica, idea que ya había contemplado.]

Después del primer intento de rescate, verifiqué desolada que me había quedado sin las fotos de las que me siento más orgullosa –las fotos más “artísticas” hechas con mi cámara réflex digital-, de las que no quedaba ni el cadáver para poderlas identificar. Y como en las escenas de restos de campos de batalla en las películas, tuve que proceder a reconocer las bajas, las heridas de muerte y las supervivientes: resultaron ser fotos antiguas de fiestas, de viajes y de antiguos novios y amigos, fotos que realmente no se podrán repetir, y de las que habré perdido más de la mitad. Fotos bonitas y fotos absurdas, fotos robadas, fotos que emocionan y fotos de “si supieras…”

Permitidme un salto temporal. Esta mañana me he comprado el libro de Oliver Sacks, El hombre que confundió a su mujer con un sombrero, que hacía tiempo que quería leer. La segunda historia empieza con una cita de Luis Buñuel:

Hay que haber empezado a perder la memoria, aunque sea sólo a retazos, para darse cuenta de que esta memoria es lo que constituye toda nuestra vida. Una vida sin memoria no sería vida… Nuestra memoria es nuestra coherencia, nuestra razón, nuestra acción, nuestro sentimiento. Sin ella no somos nada…”.

Así que al hilo de la historia de las fotos perdidas, animo a dedicar de vez en cuando un ratito a mirar fotos viejas y hacer un poco de memoria de la vida propia, no esperéis que os pete el ordenador para echarlas de menos… Parece que observándolas cual película olvidada, se aprenden muchas cosas de uno mismo, incluso muchos años después de haberlas hecho.

Esto, y comprarse un par de discos duros externos.

Enlaces recomendados:

  • Your lost memories: proyecto que trata de devolver a sus propietarios antiguas películas en 8mm encontradas por todo el mundo.
  • Salvo historias anónimas: La historia de un coleccionista de fotografías anónimas.