Navidades y soledades

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Dejaros mecer de vez en cuando en los consejos de los mayores; la mayoría de veces aprendes algo…

Hay algo que siempre me ha mordido el corazón, y es cuando veo una persona mayor en el marco de la soledad. No estoy hablando de la clásica estampa conmovedora de alguien pidiendo dinero o rebuscando comida en la basura, sino la soledad reflejada en los gestos cotidianos. Una mujer mayor subiendo cuesta arriba el carrito de la compra, pasito a pasito, con sus pequeños pies deformes dentro de unos cómodos y curiosamente abultados zapatos. Esas pausas que hace, apoyando una mano en un pilón, los resoplidos, cómo se recompone el peinado. Esos ojillos acuosos rodeados de arrugas, sin casi pestañas. El temblor de la boca, cómo suspira antes de volver a agarrar el carrito y volver a empujar… Esa podría ser yo, prodrías ser tú. Y sin embargo, son invisibles para todos.

¡Es tan fácil vivir de espaldas a esta realidad, pero es tan sumamente egoísta y absurdo, teniendo en cuenta que todos vamos a pasar por lo mismo! Y es que cuando somos jóvenes creemos que sabemos mucho más que nadie, ¡y es tan ridículo! Sólo esa creencia nos vuelve unos estúpidos ignorantes. Y con esta perorata típicamente navideña (lo siento, es lo que toca) no estoy pidiendo que salgamos a la calle a rescatar abuelos y abuelas y colmarles de antenciones… simplemente me gustaría sugerir que aprovechemos que nos reunimos las familias, pequeñas o grandes, para aparcar el smartphone, y dedicar un tiempo a contarles nuestras cosas a los mayores, que seguro que nos tienen guardado un muy buen consejo. Sin condescendencia. Os lo digo por experiencia, vais a salir ganando.

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