De la memoria

Boda

Por suerte algunas joyas no se han perdido

El otro día borré accidentalmente de mi disco duro externo todo mi archivo de fotos. No-sé-cuantos megabytes de información se colaron por el retrete del mundo de lo digital y virtual, sólo que para mí mis fotos eran todo menos algo virtual -por mucho que sólo fueran “ceros y unos”.

Como mujer acostumbrada al uso de las redes sociales para pedir consejo, fui a la búsqueda de la recomendación que me aliviara la angustia. Y recomendaciones técnicas aparte, me sorprendí de la variedad de comentarios desazonadores que se produjeron, desde la socarronería de algún individuo al que le parecía gracioso, la impiedad de mi hermana -una vez que le pasó lo mismo según ella me reí, no lo recuerdo-, o el gracioso gif de turno.

[Pausa para mencionar que también hubo muchos comentarios de ánimo, incluso uno que me invitaba a iniciar una nueva etapa fotográfica, idea que ya había contemplado.]

Después del primer intento de rescate, verifiqué desolada que me había quedado sin las fotos de las que me siento más orgullosa –las fotos más “artísticas” hechas con mi cámara réflex digital-, de las que no quedaba ni el cadáver para poderlas identificar. Y como en las escenas de restos de campos de batalla en las películas, tuve que proceder a reconocer las bajas, las heridas de muerte y las supervivientes: resultaron ser fotos antiguas de fiestas, de viajes y de antiguos novios y amigos, fotos que realmente no se podrán repetir, y de las que habré perdido más de la mitad. Fotos bonitas y fotos absurdas, fotos robadas, fotos que emocionan y fotos de “si supieras…”

Permitidme un salto temporal. Esta mañana me he comprado el libro de Oliver Sacks, El hombre que confundió a su mujer con un sombrero, que hacía tiempo que quería leer. La segunda historia empieza con una cita de Luis Buñuel:

Hay que haber empezado a perder la memoria, aunque sea sólo a retazos, para darse cuenta de que esta memoria es lo que constituye toda nuestra vida. Una vida sin memoria no sería vida… Nuestra memoria es nuestra coherencia, nuestra razón, nuestra acción, nuestro sentimiento. Sin ella no somos nada…”.

Así que al hilo de la historia de las fotos perdidas, animo a dedicar de vez en cuando un ratito a mirar fotos viejas y hacer un poco de memoria de la vida propia, no esperéis que os pete el ordenador para echarlas de menos… Parece que observándolas cual película olvidada, se aprenden muchas cosas de uno mismo, incluso muchos años después de haberlas hecho.

Esto, y comprarse un par de discos duros externos.

Enlaces recomendados:

  • Your lost memories: proyecto que trata de devolver a sus propietarios antiguas películas en 8mm encontradas por todo el mundo.
  • Salvo historias anónimas: La historia de un coleccionista de fotografías anónimas.

No me sigas, no soy cool

Si no tengo gato, ni moto, ni fixie, ni cesta de verduras ecológicas; si no sé hacer ganchillo y hace un año que tengo un cuello de lana a medio acabar.

Si no tengo novio hipster que me haga fotos desaturadas para instagram, ni mac ni iPhone, ni siquiera un ascensor con espejo para selfies de cuerpo entero. Si no tengo una lomo ni una polaroid.

Si no me pinto las uñas de azul, si no llevo zapatillas de suela gruesa, ni chaqueta de leopardo ni un crop top (almenos las hombreras quedaban mal a todo el mundo), ni mechas californianas…

Si no tengo un pisito de techos altos con muebles de diseño industral, ni rescato muebles de los contenedores, ni le robo los tapetes de mi madre, ni uso las cajas de vino como estanterías ni los palets de mesilla auxiliar.

Sólo tengo mi mente que es un caos, como lo es mi casa, mi escritorio, mis carpetas, mis cajas de colores, mi vida sentimental, mi nevera y mi currículum.

Pero me gusta escribir y de vez en cuando se me ocurren cosas divertidas.

Y alguna vez me sale alguna buena foto y me gusta compartirla.