¿Qué me pasa, doctor?

La vida pasa rápido cuando encadenas relaciones tormentosas, discusiones sin sentido, largas noches oscuras y agotadoras de llantos y gritos, mensajes insistentes, llamadas más insistentes todavía, palpitaciones y nervios, argumentos que parecen irrefutables, pulmones sin aire, bocas abiertas y deformadas, reconciliaciones melodramáticas, abrazos apasionados y desesperados, llenos de furia y rabia, tormentas que pasan y la calma que llega con sabor agridulce, sabiendo que el tiempo amainado no durará.

Y cuando el amor se agota y desaparece, deseas rabiosamente la paz interior verdadera, el silencio, un palpitar reposado, eso que sientes cuando llegas a la cima de una montaña y todo sonido queda enterrado a tus pies excepto el latido de tu corazón, y puedes respirar hondo y llenar tus pulmones y te impregnas de la nada. Eso deseas y por ello rompes con todo; pero la verdadera paz llega tarde, muy tarde, antes has llorado, te has despojado de todo lo que te encadenaba y has vomitado bilis por las noches cuando nadie te veía, porque vaciarse de verdad y alcanzar la tranquilidad del alma es muy difícil.

Una vez vacía y tranquila, te sientes como si estuvieras en un precioso campo primaveral, un campo por donde puedes correr y gritar, saltar y reírte y desnudarte sin que pase absolutamente nada, la vida transcurre como un alegre riachuelo, sonríes e irradias paz, alegría y serenidad. No necesitas nada, no necesitas a nadie, pero te alegra estar con todos, porque estar sola contigo misma te llena tanto como estar con tus seres queridos.

Sin embargo, parece que todo es un ciclo, y después de la exultante primavera viene el verano, y el campo se seca, el río se apacigua y los insectos hacen su aparición. Puede que ahora te agote estar a pleno sol y oír esos grillos de canto monótono. Puede que te hartes de comer fruta, de saltar y de reírte. Confundes paz con aburrimiento y, con gran desconcierto, descubres que estás esperando con ansia una gran tormenta de verano que te moje y te sacuda y te haga sentir viva de nuevo.

¿Es grave, doctor?

Broken flowers

Bill Murray en Broken Flowers

Quizás en este caso, ir a pedir perdón como Bill Murray en Broken flowers no sería una buena idea.

Sábado tarde. Vuelves del supermercado, arrastrando el viejo carrito calle arriba con la rueda chirriante y de repente, los colores del cielo del atardecer y ese viento frío aún soportable y esos adolescentes cobijados en un portal te transportan veinte años atrás y te vienen a la memoria esas tardes de sábado que pasabas con tu chico en el espigón, quién sabe si dos o tres horas sentados, él respaldado en alguna gran piedra y tú en su falda, y cómo te gustaba el calor que desprendía y el olor familiar de su piel, el olor de un chico de dieciséis años, y te preguntas de qué podíais estar hablando durante tanto tiempo sin hacer absolutamente nada más. Sólo estar allí, hablando, dándoos largos abrazos y besos. Nada más.

¿Te imaginas ahora en ese espigón? Sólo de pensarlo te saltan las lágrimas y se te encoge el corazón. No, no podrías ir allí sin que te invadiera una apabullante tristeza.

Luego te viene a la memoria ese día fatídico en que tuviste que decirle que no querías estar más con él. El recuerdo es vívido: estabais sentados en un portal, delante del casino. Dicen que el que lo pasa peor es el que es abandonado (ahora lo sé de cierto), pero cuando tienes diecisiete años y sientes que quieres dejarlo y no sabes por qué, la sensación de vergüenza, desorientación y vacío es horrible. Te sientes la peor persona del mundo, pero puedes evitar hacer lo que tienes que hacer. Esa fue la primera vez que fuiste fiel a tus sentimientos muy a tu pesar, y probablemente la primera vez que te odiaste a ti misma.

Lloraste durante días y más todavía durante el verano cuando echabas de menos las excursiones en moto hasta su casa y las tardes que pasabais los dos solos en la piscina. Evocas el fino polvo colo arena del camino de tierra hasta su casa, el olor de la cocina, los cajones llenos de caramelos, los enormes invernaderos, la casucha donde ensayaba con su grupo, el ruido del cambio de marchas de su moto, ese tejado en una noche de San Juan…

Probablemente él sea feliz ahora (muy feliz por lo que puedes deducir por las fotos que ves en su cuenta de Facebook), y deseas que el recuerdo de esos días sea un mero anécdota para él. Que la mujer que está ahora a su lado haya borrado todo y no le haya hecho falta nunca ninguna explicación. Es más, probablemente no hayas sido nunca tan importante, ni siquiera una milésima parte. Así que, si te asaltan las ganas de disculparte, simplemente piensa: primero, él está bien; segundo: perdónate. ¿Quién puede pretender haber hecho las cosas bien cuando sólo tenías dieciséis años?

Nebraska o lo que cuesta hacer felices a los demás

Este fin de semana he podido añadir una nueva película en mi lista de favoritas: Nebraska (2013), de Alexander Payne, director de otras películas que me habían gustado bastante (pero no tanto) como Entre copas, A propósito de Schmidt o Los descendientes.

A Woody, un anciano senil, le comunican que ha ganado un premio. Cree que se ha hecho rico y emprende un viaje con su hijo David para ir a cobrarlo. Poco a poco, la relación entre ambos, rota durante años por el alcoholismo de Woody, tomará un cariz distinto para sorpresa de la familia [Filmaffinity].

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Nebraska explica la historia de un padre medio ausente, un alcohólico, un marido poco ejemplar, un anciano con principios de demencia, un novio que te dejó por otra que sí se dejaba manosear, un antiguo amigo al que le dejaste dinero y no te lo devolvió. Sin embargo, no puedes odiarlo. Payne logra, de una manera fluida e irreversible, que lo veamos como un ser humano que merece ser tratado con dignidad.

Tanto por la fotografía, los personajes y la banda sonora, esta película es una delicia agridulce, una historia sencilla y conmovedora, sin ser nada sentimental.

Si os gustó The straight story, de David Lynch, Nebraska os va a encantar.

Hoy toca enfadarse

Peces

Desengáñate, eres un pez más en un mar de peces,
y sigues la corriente como todos los demás.

Nos quejamos de la clase dirigente que nos ha tocado, y estamos muy indignados, pero me parece a mí que es la que nos merecemos. Somos así, y así nos va a ir a menos que empecemos a replantearnos en serio qué tipo de sociedad queremos y los valores que nos tienen que gobernar.

Sé que es una afirmación muy trillada, pero es que no hay que ver los noticiarios para darse cuenta de ello; basta con mirar a nuestro alrededor. Estamos rodeados de gente egoísta sin principios ni valores que constantemente dinamitan la buena convivencia y en consecuencia, colaboran a que el sistema y la sociedad en sí se corrompa. Y no hablo del gamberro de turno que hace grafitis, ni del que rompe papeleras. Hablo de los compañeros de trabajo, de los vecinos, incluso de nuestras familias.

Vamos por el mundo pensando en nuestro propio beneficio, un beneficio inmediato y placentero, en la inmediatez de la “necesidad” cubierta, evitando sacrificios y molestias. No pensamos en el bien común, ni en la satisfacción que provoca hacer las cosas realmente bien, para el beneficio de todos. Trabajamos mal y deprisa, evitamos las responsabilidades y luego (ahora viene lo mejor) esperamos que los demás no hagan lo mismo. Es más, nos indignamos por la desidia ajena cuando nosotros mismos hemos sido los primeros en ser descuidados.

Si nos creemos merecedores de algo mejor, empecemos por ser nosotros mismos algo mejor.

No ficción (II)

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La capacidad de pasar página es inversamente proporcional a la intensidad de lo vivido.”

¿Qué se necesita para cerrar un capítulo de tu vida? ¿Se cierra cuando quieres o es una decisión del destino? ¿Por qué hay historias que se resisten a concluir?

La foto pixelada y azulada de una habitación vacía, de irregular perímetro y paredes blancas, con brillantes y frías baldosas negras con un dibujo de aguas blancas y grisáceas. Un armario blanco empotrado, con un espejo. Una cama grande y desnuda, sólo con un colchón. La esquina recortada de un escritorio negro, y el respaldo de una silla de despacho, también negra. Y un balcón luminiscente con un par de plantas en vulgares tiestos marrones.

Al fin se fue. Se dijo a si misma, ya puedes andar tranquila por esa calle, porque no te lo encontrarás. Sin embargo, prevalecía un sentimiento de incredulidad y desconfianza. Los sueños se mezclaban con las pruebas que tenía delante, y se daba cuenta que su cerebro le pedía más pruebas. Quizás algo que pudiera palpar. ¿Qué vas a hacer? Se preguntó; ¿montar guardia en ese portal durante 24 horas para cerciorarte que ya no entra ni sale nadie que puedas reconocer? ¿Pedir entrar en el piso y ver la habitación vacía? ¿Como en una película…?

Se dió cuenta de que sólo se despertaba cuando algo la golpeaba de verdad: “quizás necesitas que alguien te coja del brazo, te sacuda, te mire a los ojos y te diga, se acabó.”