Bailarina

Un corriente test de competencias profesionales me sorprendió la semana pasada con una profesión inesperada en el cuarto puesto del ránquin; como si de un error tipográfico se tratara, el test me desvelaba que tenía claras competencias como bailarina. ¿En serio? ¿Bailarina? Si me hubiera salido pescadera aún me habría parecido verosímil.

De repente me vinieron a la cabeza la de veces que he intentado aprender a bailar. Impuesta o por voluntad propia, a mis treinta años tengo bastante claro que lo mío no son las coreografías. Cualquier cosa que requiera coordinación es un martirio para mí. Ni bailar ni tocar un instrumento, ni siquiera soy capaz de hacer ese juego de dar golpecitos a la cabeza con una mano y círculos en la barriga con la otra: a los dos segundos me estoy golpeando las dos cosas. Me acuerdo que mi profesor de gimnasia en el instituto nos enseñaba a hacer pases con la pelota de baloncesto: que si botar la pelota dos veces, ahora quedarte quieto, ahora puedes botarla y ahora no…, vamos, como una coreografía deportiva. El pobre hombre se dió cuenta que si me ponía un cinco y luego no me daba la media de bachillerato para entrar a la universidad me iba a acordar de él el resto de mi vida, porque estaba claro que yo no iba a cursar estudios de educación física.

En otra ocasión me apunté a la moda de aprender a bailar swing, con el romántico recuerdo de la película Swing kids (1993) en la memoria. Si eran cuatro clases aguanté hasta la tercera: en un momento dado mi cerebro se colapsó cuando, intentado mover los pies, la profesora me riñó por estar moviendo los hombros. ¿Hombros? ¿Qué hombros? ¡No tengo hombros! ¡Tengo un par de pies que no se conectan con mi cerebro! Ahora, cuando me encuentro a los bailarines en la Plaça de la Virreina de Gràcia, me aparto de la multitud por miedo a que algún mozo me quiera sacar a bailar (cosa harto improbable, teniendo en cuenta el déficit de bailarines que hay) y sonrío como una tonta cuando la chica de grácil porte me da el flyer de la escuela de baile con una sonrisa.

Por no mencionar aquella divertidísima despedida de soltera en el Antilla Club en el que nos enseñaron a bailar salsa, bachata, merengue y rumba antes de subir a la pista de la discoteca a bailar, en el que llegué a rechazar amablemente dos o tres invitaciones para salir a la pista por un ataque de vergüenza-pánico-mente-en-blanco, momento en el cual hubiera querido convertirme en parte del decorado antes de tener que volver a rechazar otra invitación… (que conste que el profesor fue absolutamente encantador y los clientes también y que precisamente por eso me sentía tan mal estar diciendo todo el rato que no).

Por suerte esto no significa que no me guste bailar, saben mis amigos que si salgo de fiesta bien que bailo, pero que lo mío es el freestyle en todo su significado. No me lleves al swing, ni siquiera a la clase de body combat (de hecho no me saques del spinning, que es como el Saturday night de las coreografías): a mí dame una verbena popular con orquesta y seguramente te bailaré un Paquito el chocolatero encantadísima.

Y respecto al test de competencias profesionales, pues nada, lo repetí y la bailarina no volvió a aparecer.

Servidora en verbena popular en Alaior. La señora era encantadora.

Servidora en verbena popular en Alaior, Menorca. La señora era encantadora.

No me sigas, no soy cool

Si no tengo gato, ni moto, ni fixie, ni cesta de verduras ecológicas; si no sé hacer ganchillo y hace un año que tengo un cuello de lana a medio acabar.

Si no tengo novio hipster que me haga fotos desaturadas para instagram, ni mac ni iPhone, ni siquiera un ascensor con espejo para selfies de cuerpo entero. Si no tengo una lomo ni una polaroid.

Si no me pinto las uñas de azul, si no llevo zapatillas de suela gruesa, ni chaqueta de leopardo ni un crop top (almenos las hombreras quedaban mal a todo el mundo), ni mechas californianas…

Si no tengo un pisito de techos altos con muebles de diseño industral, ni rescato muebles de los contenedores, ni le robo los tapetes de mi madre, ni uso las cajas de vino como estanterías ni los palets de mesilla auxiliar.

Sólo tengo mi mente que es un caos, como lo es mi casa, mi escritorio, mis carpetas, mis cajas de colores, mi vida sentimental, mi nevera y mi currículum.

Pero me gusta escribir y de vez en cuando se me ocurren cosas divertidas.

Y alguna vez me sale alguna buena foto y me gusta compartirla.