Annie la remachadora

Annie Hall

Sólo a Annie se le ocurriría ir de esta guisa al gimnasio…

Sábado por la mañana, te has levantado pronto y has salido de compras. Llevas unos días hojeando revistas femeninas y has decidido regalarte algo de ropa nueva. Tienes algunas ideas en mente de lo que quieres, pero sobretodo te sientes muy inspirada, gracias al rato que has pasado entre semana pinenando imágenes en el Pinterest. Fotos de chicas bonitas de melenas raya-en-medio paseando graciosamente por las calles de una ciudad de perennes luces doradas, de bajo contraste, posando con aire indolente, sonriendo detrás de unas gafas Ray Ban Clubmaster, coronadas por unas pobladas cejas cuidadosamente delineadas, sosteniendo un iPhone, un bolso o un café para llevar (nunca entendiste quién puñetas puede beberse un café caliente mientras camina).

Pasan diez minutos de las diez y entras en una de las tiendas más concurridas del paseo. Echas una mirada en plan barrido lateral y localizas aquellos colores que te llaman más la atención (se trata de ir al grano, en la medida de lo posible). Te acercas a los percheros y estantes y empiezas a curiosear. Al cabo de un cuarto de hora ya te diriges al probador, te pones la ropa y te miras al espejo. Sí, te ves bien, y sí, eres consciente que el espejo probablemente te esté devolviendo una imagen distorsionada de tu cuerpo, pero el caso es que estás convencida que estás estupenda. Sin embargo, necesitas verte de lejos: a alguien le pareció una buena idea hacer unos diminutos probadores de cortinajes negros con un espantoso foco cenital. Abres la cortina y sales fuera; miras de lejos tu imagen en el espejo del probador. Bien, bien, el efecto es bueno también de lejos. Sonríes. Te pones de espaldas, te miras el trasero. Bien, bien… De repente, del probador del lado sale una chica que te saca dos cabezas. Es la chica cool del Pinterest que ha salido de la foto para joderte la tarde: lleva el mismo vestido que tú, con la diferencia que a ella el largo le llega un palmo y medio encima de las rodillas, y su estómago es inexistente. Ah, piensas, es así como debe quedar el vestido… Claro. Y no como me queda a mí. Te entra una vergüenza horrible y te metes a toda prisa en el probador. Corres la cortina negra. Pero, ¿esas chicas no iban de compras entre semana y el sábado se iban de brunch? Pero no, allí están, mezclándose con los fails de las redes sociales. Vale. Te miras en el espejo. No estás tan mal. Puedes hacerte un dobladillo y va a quedar como le quedaba a ella. Salvando el tema de la barriga. Hum. Bueno. Me lo quedo, que le den (¿a quién?). Sales de los probadores un poco apresurada: este sí, este no, este en otro color. Haces cola, pagas y te vas.

En casa, sacas toda la ropa de las bolsas y te pruebas el conjunto, pensando en las fotos del Pinterest que tanto te habían inspirado. Evidentemente, tu cintura no es la misma que tenías en el probador; parece que en el trayecto a casa se ha ensanchado diez centímetros. Y tus piernas han pasado de bailarina a futbolista. Pero bueno. No está mal… La falda a la rodilla en A, de color mostaza con bolsillos, la blusa por dentro de la falda, el pañuelo años setenta, los botines camel con los calcetines asomando. Como la chica de la foto. Igualita… Igualita que la rumana que pide en el metro, o que una miliciana si te pusieras el pañuelo en plan Rosie la remachadora. ¿En serio te vas a poner esto? ¿Quién te ha lavado el cerebro? Por suerte, te entra la risa. Te sacas toda la ropa nueva, te pones los tejanos y te tumbas en el sofá a ver Annie Hall, con una bolsa de pipas gigante. Ella sí es una it girl. Mañana será otro día.

Haciendo amigos

sobrado/a
adj. Atrevido, audaz y licencioso.

– ¿Qué tal fue el taller?

– Terminando la primera ilustración -le dije, mandándole orgullosa la foto de mi bonito robot.

– ¿Hacéis cosas menos infantiles?

– [Arqueado de cejas] No se trata de aprender estilos de dibujo sino técnicas de ilustración: acuarela, rotuladores, tinta… El tema o motivo sólo es una excusa.

– ¿Y no tienes ganas de probar ya estas técnicas con un dibujo propio?

– [Cara de póquer] El dibujo es mío. No lo he copiado.

– Ah, pues está chulo. Pensaba que era copiado.

– [Ojos como platos, boca abierta] ¿Qué te ha hecho pensar que era copiado?

– Porque me parece bueno.

– [Boca muy abierta] Es un poco ofensivo.

– [Tono apresurado de excusa] ¡Una cosa es pensar que dibujaras peor y otra que pensara que no supieras dibujar…!

tontolculo
La palabra tontolculo no está registrada en el Diccionario. Las que se muestran a continuación tienen formas con una escritura cercana:
fontículo.
montículo.
tentáculo.
tontillo.

Bailarina

Un corriente test de competencias profesionales me sorprendió la semana pasada con una profesión inesperada en el cuarto puesto del ránquin; como si de un error tipográfico se tratara, el test me desvelaba que tenía claras competencias como bailarina. ¿En serio? ¿Bailarina? Si me hubiera salido pescadera aún me habría parecido verosímil.

De repente me vinieron a la cabeza la de veces que he intentado aprender a bailar. Impuesta o por voluntad propia, a mis treinta años tengo bastante claro que lo mío no son las coreografías. Cualquier cosa que requiera coordinación es un martirio para mí. Ni bailar ni tocar un instrumento, ni siquiera soy capaz de hacer ese juego de dar golpecitos a la cabeza con una mano y círculos en la barriga con la otra: a los dos segundos me estoy golpeando las dos cosas. Me acuerdo que mi profesor de gimnasia en el instituto nos enseñaba a hacer pases con la pelota de baloncesto: que si botar la pelota dos veces, ahora quedarte quieto, ahora puedes botarla y ahora no…, vamos, como una coreografía deportiva. El pobre hombre se dió cuenta que si me ponía un cinco y luego no me daba la media de bachillerato para entrar a la universidad me iba a acordar de él el resto de mi vida, porque estaba claro que yo no iba a cursar estudios de educación física.

En otra ocasión me apunté a la moda de aprender a bailar swing, con el romántico recuerdo de la película Swing kids (1993) en la memoria. Si eran cuatro clases aguanté hasta la tercera: en un momento dado mi cerebro se colapsó cuando, intentado mover los pies, la profesora me riñó por estar moviendo los hombros. ¿Hombros? ¿Qué hombros? ¡No tengo hombros! ¡Tengo un par de pies que no se conectan con mi cerebro! Ahora, cuando me encuentro a los bailarines en la Plaça de la Virreina de Gràcia, me aparto de la multitud por miedo a que algún mozo me quiera sacar a bailar (cosa harto improbable, teniendo en cuenta el déficit de bailarines que hay) y sonrío como una tonta cuando la chica de grácil porte me da el flyer de la escuela de baile con una sonrisa.

Por no mencionar aquella divertidísima despedida de soltera en el Antilla Club en el que nos enseñaron a bailar salsa, bachata, merengue y rumba antes de subir a la pista de la discoteca a bailar, en el que llegué a rechazar amablemente dos o tres invitaciones para salir a la pista por un ataque de vergüenza-pánico-mente-en-blanco, momento en el cual hubiera querido convertirme en parte del decorado antes de tener que volver a rechazar otra invitación… (que conste que el profesor fue absolutamente encantador y los clientes también y que precisamente por eso me sentía tan mal estar diciendo todo el rato que no).

Por suerte esto no significa que no me guste bailar, saben mis amigos que si salgo de fiesta bien que bailo, pero que lo mío es el freestyle en todo su significado. No me lleves al swing, ni siquiera a la clase de body combat (de hecho no me saques del spinning, que es como el Saturday night de las coreografías): a mí dame una verbena popular con orquesta y seguramente te bailaré un Paquito el chocolatero encantadísima.

Y respecto al test de competencias profesionales, pues nada, lo repetí y la bailarina no volvió a aparecer.

Servidora en verbena popular en Alaior. La señora era encantadora.

Servidora en verbena popular en Alaior, Menorca. La señora era encantadora.