De la sensibilidad

Las vías del tren podrían contar muchas historias

Las vías del tren podrían contar muchas historias

Uno de tantos días en los que iba en el tren de camino al trabajo alternando la mirada entre el móvil y la ventana, aquél se paró a la salida del túnel del Clot y reemprendió la marcha al cabo de unos diez minutos dando el conductor una vaga explicación. Esto no era ninguna novedad, es algo habitual por lo que toca esperar pacientemente a que se reanude el viaje para llegar lo menos tarde posible.

Fue en la curva pronunciada que separa La Mina de Sant Adrià, cuando la mujer de mediana edad que iba sentada delante de mí dio un respingo y empezó a exclamar exaltada que había una pierna en el arcén, que el tren había atropellado a alguien y que (atención) mirásemos todos por la ventana la sangre y las tripas que había por todas partes. Un horror, ¿verdad? Cuánto más pedía que mirásemos, más separaba yo la vista de la ventana y más me hundía en el asiento, deseando que esa (estúpida) mujer dejara de gritar.

Por suerte nadie hizo caso a la mujer y ésta fue calmándose a medida que el tren se alejaba (“Dios mío, la sangre, la tripas, qué horror, Díos mío!”, iba diciendo), y yo iba preguntándome por qué narices habían dejado pasar el tren por encima de los restos de esa pobre persona, por qué no estarían cubiertos con alguna sábana o manta. Entonces me acordé de ellos.

Todos los que cogemos a menudo el tren de cercanías de Barcelona a Mataró conocemos un rincón que hay cerca de las vías en el barrio de La Mina donde pueden verse deambular personas consumiendo droga a plena luz del día. Por desgracia, de vez en cuando alguna de ellas acaba debajo de las ruedas del tren. Esto fue probablemente lo que había pasado, y de repente me pareció horrible la idea que alguien hubiera permitido, por omisión o no, que los restos de esa pobre persona acabaran mostrándose así al mundo (los pasajeros del tren), sin la mínima dignidad que le podría haber dado un trozo de tela. ¿Tanta prisa había? ¿Era realmente necesario que el tren avanzara?

La situación había vuelto a la calma y la mujer iba musitando cosas que yo no alcanzaba a entender. De repente, como despertando de un sueño, miró su reloj de pulsera y habló en voz alta.

– ¡Siempre igual con los trenes, otra vez llegando tarde!

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