De la sensibilidad

Las vías del tren podrían contar muchas historias

Las vías del tren podrían contar muchas historias

Uno de tantos días en los que iba en el tren de camino al trabajo alternando la mirada entre el móvil y la ventana, aquél se paró a la salida del túnel del Clot y reemprendió la marcha al cabo de unos diez minutos dando el conductor una vaga explicación. Esto no era ninguna novedad, es algo habitual por lo que toca esperar pacientemente a que se reanude el viaje para llegar lo menos tarde posible.

Fue en la curva pronunciada que separa La Mina de Sant Adrià, cuando la mujer de mediana edad que iba sentada delante de mí dio un respingo y empezó a exclamar exaltada que había una pierna en el arcén, que el tren había atropellado a alguien y que (atención) mirásemos todos por la ventana la sangre y las tripas que había por todas partes. Un horror, ¿verdad? Cuánto más pedía que mirásemos, más separaba yo la vista de la ventana y más me hundía en el asiento, deseando que esa (estúpida) mujer dejara de gritar.

Por suerte nadie hizo caso a la mujer y ésta fue calmándose a medida que el tren se alejaba (“Dios mío, la sangre, la tripas, qué horror, Díos mío!”, iba diciendo), y yo iba preguntándome por qué narices habían dejado pasar el tren por encima de los restos de esa pobre persona, por qué no estarían cubiertos con alguna sábana o manta. Entonces me acordé de ellos.

Todos los que cogemos a menudo el tren de cercanías de Barcelona a Mataró conocemos un rincón que hay cerca de las vías en el barrio de La Mina donde pueden verse deambular personas consumiendo droga a plena luz del día. Por desgracia, de vez en cuando alguna de ellas acaba debajo de las ruedas del tren. Esto fue probablemente lo que había pasado, y de repente me pareció horrible la idea que alguien hubiera permitido, por omisión o no, que los restos de esa pobre persona acabaran mostrándose así al mundo (los pasajeros del tren), sin la mínima dignidad que le podría haber dado un trozo de tela. ¿Tanta prisa había? ¿Era realmente necesario que el tren avanzara?

La situación había vuelto a la calma y la mujer iba musitando cosas que yo no alcanzaba a entender. De repente, como despertando de un sueño, miró su reloj de pulsera y habló en voz alta.

– ¡Siempre igual con los trenes, otra vez llegando tarde!

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Bailarina

Un corriente test de competencias profesionales me sorprendió la semana pasada con una profesión inesperada en el cuarto puesto del ránquin; como si de un error tipográfico se tratara, el test me desvelaba que tenía claras competencias como bailarina. ¿En serio? ¿Bailarina? Si me hubiera salido pescadera aún me habría parecido verosímil.

De repente me vinieron a la cabeza la de veces que he intentado aprender a bailar. Impuesta o por voluntad propia, a mis treinta años tengo bastante claro que lo mío no son las coreografías. Cualquier cosa que requiera coordinación es un martirio para mí. Ni bailar ni tocar un instrumento, ni siquiera soy capaz de hacer ese juego de dar golpecitos a la cabeza con una mano y círculos en la barriga con la otra: a los dos segundos me estoy golpeando las dos cosas. Me acuerdo que mi profesor de gimnasia en el instituto nos enseñaba a hacer pases con la pelota de baloncesto: que si botar la pelota dos veces, ahora quedarte quieto, ahora puedes botarla y ahora no…, vamos, como una coreografía deportiva. El pobre hombre se dió cuenta que si me ponía un cinco y luego no me daba la media de bachillerato para entrar a la universidad me iba a acordar de él el resto de mi vida, porque estaba claro que yo no iba a cursar estudios de educación física.

En otra ocasión me apunté a la moda de aprender a bailar swing, con el romántico recuerdo de la película Swing kids (1993) en la memoria. Si eran cuatro clases aguanté hasta la tercera: en un momento dado mi cerebro se colapsó cuando, intentado mover los pies, la profesora me riñó por estar moviendo los hombros. ¿Hombros? ¿Qué hombros? ¡No tengo hombros! ¡Tengo un par de pies que no se conectan con mi cerebro! Ahora, cuando me encuentro a los bailarines en la Plaça de la Virreina de Gràcia, me aparto de la multitud por miedo a que algún mozo me quiera sacar a bailar (cosa harto improbable, teniendo en cuenta el déficit de bailarines que hay) y sonrío como una tonta cuando la chica de grácil porte me da el flyer de la escuela de baile con una sonrisa.

Por no mencionar aquella divertidísima despedida de soltera en el Antilla Club en el que nos enseñaron a bailar salsa, bachata, merengue y rumba antes de subir a la pista de la discoteca a bailar, en el que llegué a rechazar amablemente dos o tres invitaciones para salir a la pista por un ataque de vergüenza-pánico-mente-en-blanco, momento en el cual hubiera querido convertirme en parte del decorado antes de tener que volver a rechazar otra invitación… (que conste que el profesor fue absolutamente encantador y los clientes también y que precisamente por eso me sentía tan mal estar diciendo todo el rato que no).

Por suerte esto no significa que no me guste bailar, saben mis amigos que si salgo de fiesta bien que bailo, pero que lo mío es el freestyle en todo su significado. No me lleves al swing, ni siquiera a la clase de body combat (de hecho no me saques del spinning, que es como el Saturday night de las coreografías): a mí dame una verbena popular con orquesta y seguramente te bailaré un Paquito el chocolatero encantadísima.

Y respecto al test de competencias profesionales, pues nada, lo repetí y la bailarina no volvió a aparecer.

Servidora en verbena popular en Alaior. La señora era encantadora.

Servidora en verbena popular en Alaior, Menorca. La señora era encantadora.