Las chanclas de Anna

Arco Iris

Disfrutaremos de la vida, Anna.

Anna llevaba unas chanclas playeras de Dior, creo recordar que eran rosa y doradas y tenían unos brillos que decían a gritos “antes muerta que sencilla”. El día que las vi me reí mucho y pensé que sólo ella podía ser capaz de llevar algo así, tan chic y práctico a la vez, una verdadera declaración de principios en forma de zapato. Creo que no me equivoco si digo que era de esas personas que son lo que ves, tanto en el trabajo como a nivel personal. Este tipo de personas que a mi me gustan, de las que van de frente, transparentes y sencillas como el agua, de trato fácil y directo, de las que no dan miedo, sino confianza y seguridad.

Hoy nos lamentamos de ese horrible accidente que ha segado la vida de Anna y de otro compañero. Hablando con los antiguos compañeros sobre esta desgracia he oído decir “la vida es una mierda”, pero todos sabemos que ella no pensaba eso. Anna amaba la vida, emanaba un positivismo lleno de energía y lo transmitía a sus compañeros de trabajo. Agradezco el tiempo que la tuve como compañera y sobretodo agradezco su legado. Me recuerdo a mí misma y a los que leéis esto que el legado es algo que se crea mientras estamos vivos.

Gracias por todo Anna. Este verano tomaremos unas cervezas en tu recuerdo cuando estemos tumbados en las playas de Tailandia.

Un abrazo muy fuerte a quienes hayan sentido su pérdida.

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Donna Universalis

10989966_10153080729769464_8481165638208545364_nÚltimamente, cuando me hacen la típica pregunta de a qué te dedicas o qué te gusta hacer, he descubierto que me gusta llamarme a mí misma “una aspirante a mujer del Renacimiento”, definición graciosa y sin duda original. Según mi querida Wikipedia, los polímatas, Hombres del Renacimiento u Homo Universalis son “personas cuyos conocimientos no están restringidos a un área concreta, sino que dominan diferentes disciplinas, generalmente las artes y las ciencias.” Salvando las enormes distancias y aplicado a mí, debería decir algo como “persona cuyos conocimientos intentan alcanzar diferentes disciplinas, concretamente la fotografía y el famoso do-it-yourself”, o “sé hacer de todo un poco, pero mucho de nada”.

La gente de mi alrededor parece creer que sé mucho de todo, pero en realidad el ansia me puede y sólo alcanzo a degustar un poco de cada cosa. Escribo, hago fotos, pinto, ilustro y ahora me ha dado por la serigrafía. ¿Soy una mujer del Renacimiento o tengo un déficit de atención? Hasta ahora no he logrado profundizar en nada… ¿formo parte de la generación del fast food de las experiencias vitales? Dejé el swing porque me sentía presionada, dejé de hacer fotos porque no tengo paciencia, dejé de pintar porque me daba pereza ensuciar, dejé de tejer pero no sé por qué, incluso escribo menos porque cuando llego a casa lo último que me apetece es volver a encender el ordenador. No se me ocurre por qué dejaré la serigrafía (quizás porque cada bote de tinta cuesta una media de 20 euros?)

Me avergüenza pensar que me ha poseído el espíritu del hacer por hacer, de no saber estar sin hacer nada. Estamos rodeados de gente que hace cosas maravillosas y damos por suspuesto que son felices. A lo mejor detrás de cada foto de instagram hay una persona ansiosa por mostrar, hacer y mostrar, usar y tirar.

Quizás lo último que me queda es aprender a dejarlo todo y disfrutar del Dolce far niente. ¿Algún consejo en la sala?

¿Piensa mal y acertarás?

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Cuando a finales de un mes de enero me mudé al piso de alquiler donde vivo ahora, en algún momento fugaz del ir y venir de cajas y muebles, me percaté que ningún vecino tenía plantas en la ventana. Extrañada, le pregunté a la propietaria si se podían tener plantas, y ella me contestó que no creía que hubiera ningún problema. Así pues, coloqué felizmente mis macetas y seguí tranquilamente con el resto de cosas de la mudanza.

Llegada la primavera, cuando los vecinos ya empezábamos a abrir las ventanas para dejar entrar el aire fresco en casa, acababa yo de regar mis plantas cuando oí los lamentos de mi vecina de abajo, quejándose amargamente de no sé qué agua que le estaba entrando por no sé donde. En aquellos momentos tardé algunos minutos en relacionar sus quejas con lo que yo acababa de hacer, por lo que cuando sonó el timbre de casa, me sobresalté un poco.

Abrí la puerta y allí estaba la vecina, una mujer de unos sesenta y pocos, más baja que yo, mirándome con un acentuado gesto de reproche. Cuando le pregunté qué sucedía (aunque ya empezaba a sospecharlo) me dijo que regando mis plantas le había entrado agua en el comedor y que le había dejado el suelo perdido. En seguida le pedí disculpas muy sinceramente, ya que era evidente que estaba muy disgustada, sin embargo, la mujer siguió hablando atropelladamente, diciéndome que la comunidad había establecido la prohibición de tener plantas, a lo que yo le contesté respetuosamente que la propietaria no me había informado de ese hecho, y que era evidente que siendo nueva en la comunidad no había tenido tiempo de enterarme de esa norma. La señora, muy digna, me confirmó enérgicamente que no se podían tener plantas y que ya era la tercera vez que yo le inundaba el comedor. Fue entonces cuando abrí los ojos como platos, y en la breve pausa en que la mujer cogió aire para poder seguir abroncándome, aproveché para preguntarle por qué narices se había esperado hasta entonces para decírmelo.

La mujer se quedó mirándome con la boca abierta, sin emitir sonido alguno. Aprovechando la bajada de guardia, e impelida por un enfado que crecía en mi interior, le pregunté que por qué no me había avisado la primera vez que le había inundado el comedor, que no entendía por qué se había esperado hasta hoy para subir a regañarme. La señora empezó a titubear, murmurando algo sobre normas, pero mi enfado siguió creciendo y le solté que yo no me había mudado allí para tocarle las narices a los vecinos, y que le pedía por favor que la próxima vez que pasara algo no se esperara a que empeorara la situación. Habiéndole dado la vuelta a la tortilla, la señora y yo nos despedimos educadamente después de anunciarle que retiraría las plantas en seguida y que (yo) esperaba no tener más disgustos como aquél.

A partir de aquel día hemos tenido una relación muy cordial; sin embargo el recuerdo de ese episodio hace que me plantee hasta qué punto nos gusta a los seres humanos esperar que los demás den el primer paso en la resolución de un conflicto, dejando que pase el tiempo amargándonos la convivencia. La señora vecina prefirió pensar que yo era una jovencita maleducada que me pasaba las normas por el forro antes de pensar que simplemente yo no tenía ni idea que estaba infringiendo las normas.

Sí, esto es extrapolable a todo tipo de relaciones: esperar a que sea el otro el que actúe, presuponiendo opiniones y razones, armándonos de argumentos y rencores. Por favor, hagamos la convivencia más fácil. Si te molesta algo que haga tu vecino, tu hermano, tu pareja o tu amigo, no esperes a que él o ella lo adivine.

La comunicación consiste en intercambiar información entre dos o más personas (…). Es importante tomar consciencia de lo que sientes cuando interactuas. Si te sientes irritado, molesto o sientes cualquier emoción de carácter negativo es cuando tendrías que aplicar una respuesta lo más empática posible diciendo aquello que sientes, teniendo en cuenta los sentimientos de tu receptor. Este tipo de comunicación permite cambiar una relación de tipo simétrica, o sea de enfrentamiento mutuo y donde se favorece el reconocimiento de las emociones mutuas. [Fuente: Fundación Eduardo Punset]

¿Qué me pasa, doctor?

La vida pasa rápido cuando encadenas relaciones tormentosas, discusiones sin sentido, largas noches oscuras y agotadoras de llantos y gritos, mensajes insistentes, llamadas más insistentes todavía, palpitaciones y nervios, argumentos que parecen irrefutables, pulmones sin aire, bocas abiertas y deformadas, reconciliaciones melodramáticas, abrazos apasionados y desesperados, llenos de furia y rabia, tormentas que pasan y la calma que llega con sabor agridulce, sabiendo que el tiempo amainado no durará.

Y cuando el amor se agota y desaparece, deseas rabiosamente la paz interior verdadera, el silencio, un palpitar reposado, eso que sientes cuando llegas a la cima de una montaña y todo sonido queda enterrado a tus pies excepto el latido de tu corazón, y puedes respirar hondo y llenar tus pulmones y te impregnas de la nada. Eso deseas y por ello rompes con todo; pero la verdadera paz llega tarde, muy tarde, antes has llorado, te has despojado de todo lo que te encadenaba y has vomitado bilis por las noches cuando nadie te veía, porque vaciarse de verdad y alcanzar la tranquilidad del alma es muy difícil.

Una vez vacía y tranquila, te sientes como si estuvieras en un precioso campo primaveral, un campo por donde puedes correr y gritar, saltar y reírte y desnudarte sin que pase absolutamente nada, la vida transcurre como un alegre riachuelo, sonríes e irradias paz, alegría y serenidad. No necesitas nada, no necesitas a nadie, pero te alegra estar con todos, porque estar sola contigo misma te llena tanto como estar con tus seres queridos.

Sin embargo, parece que todo es un ciclo, y después de la exultante primavera viene el verano, y el campo se seca, el río se apacigua y los insectos hacen su aparición. Puede que ahora te agote estar a pleno sol y oír esos grillos de canto monótono. Puede que te hartes de comer fruta, de saltar y de reírte. Confundes paz con aburrimiento y, con gran desconcierto, descubres que estás esperando con ansia una gran tormenta de verano que te moje y te sacuda y te haga sentir viva de nuevo.

¿Es grave, doctor?

No ficción (II)

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La capacidad de pasar página es inversamente proporcional a la intensidad de lo vivido.”

¿Qué se necesita para cerrar un capítulo de tu vida? ¿Se cierra cuando quieres o es una decisión del destino? ¿Por qué hay historias que se resisten a concluir?

La foto pixelada y azulada de una habitación vacía, de irregular perímetro y paredes blancas, con brillantes y frías baldosas negras con un dibujo de aguas blancas y grisáceas. Un armario blanco empotrado, con un espejo. Una cama grande y desnuda, sólo con un colchón. La esquina recortada de un escritorio negro, y el respaldo de una silla de despacho, también negra. Y un balcón luminiscente con un par de plantas en vulgares tiestos marrones.

Al fin se fue. Se dijo a si misma, ya puedes andar tranquila por esa calle, porque no te lo encontrarás. Sin embargo, prevalecía un sentimiento de incredulidad y desconfianza. Los sueños se mezclaban con las pruebas que tenía delante, y se daba cuenta que su cerebro le pedía más pruebas. Quizás algo que pudiera palpar. ¿Qué vas a hacer? Se preguntó; ¿montar guardia en ese portal durante 24 horas para cerciorarte que ya no entra ni sale nadie que puedas reconocer? ¿Pedir entrar en el piso y ver la habitación vacía? ¿Como en una película…?

Se dió cuenta de que sólo se despertaba cuando algo la golpeaba de verdad: “quizás necesitas que alguien te coja del brazo, te sacuda, te mire a los ojos y te diga, se acabó.”

Vivir para sentir

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Los niños sí que saben de qué va esto…

Todo lo que había soñado secretamente de jovencita se había cumplido: vivir experiencias únicas, conocer gente interesante, viajar, aprender fotografía y a pintar, hablar inglés, independizarse y vivir sola, navegar, trabajar en distintos sitios… incluso haber tenido una relación más o menos larga con un chico extranjero (con la ventaja de tener los suegros lejos). Todo lo que le había deseado, entre las tripas, el cerebro y el corazón, lo había vivido. Sin embargo, tenía que pararse a pensar para darse cuenta de ello, para decirse “eh, mira lo que he vivido! ¿Cómo puede ser que no me haya dado cuenta?” Aparentemente había devorado la vida, pero seguía sintiendo que todo había sido un sueño.

Se preguntó, entonces, cual era el recuerdo por cuya veracidad pondría la mano en el fuego. Un rubor, la sensación de un corazón encogido, un nudo en la garganta, un mareo, unos puños cerrados, unos ojos húmedos, la piel erizada, un llanto inconsolable, una risa descontrolada. Se dio cuenta entonces que cualquier experiencia vivida le parecería siempre lejana, difusa e irrepetible como un sueño, pero las sensaciones vividas permanecerían para siempre grabadas en las tripas, el cerebro y el corazón, y que allí estarían aguardándole expectantes a la espera de salir a la calle y dejarse llevar.  Vivir para sentir.

Navidades y soledades

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Dejaros mecer de vez en cuando en los consejos de los mayores; la mayoría de veces aprendes algo…

Hay algo que siempre me ha mordido el corazón, y es cuando veo una persona mayor en el marco de la soledad. No estoy hablando de la clásica estampa conmovedora de alguien pidiendo dinero o rebuscando comida en la basura, sino la soledad reflejada en los gestos cotidianos. Una mujer mayor subiendo cuesta arriba el carrito de la compra, pasito a pasito, con sus pequeños pies deformes dentro de unos cómodos y curiosamente abultados zapatos. Esas pausas que hace, apoyando una mano en un pilón, los resoplidos, cómo se recompone el peinado. Esos ojillos acuosos rodeados de arrugas, sin casi pestañas. El temblor de la boca, cómo suspira antes de volver a agarrar el carrito y volver a empujar… Esa podría ser yo, prodrías ser tú. Y sin embargo, son invisibles para todos.

¡Es tan fácil vivir de espaldas a esta realidad, pero es tan sumamente egoísta y absurdo, teniendo en cuenta que todos vamos a pasar por lo mismo! Y es que cuando somos jóvenes creemos que sabemos mucho más que nadie, ¡y es tan ridículo! Sólo esa creencia nos vuelve unos estúpidos ignorantes. Y con esta perorata típicamente navideña (lo siento, es lo que toca) no estoy pidiendo que salgamos a la calle a rescatar abuelos y abuelas y colmarles de antenciones… simplemente me gustaría sugerir que aprovechemos que nos reunimos las familias, pequeñas o grandes, para aparcar el smartphone, y dedicar un tiempo a contarles nuestras cosas a los mayores, que seguro que nos tienen guardado un muy buen consejo. Sin condescendencia. Os lo digo por experiencia, vais a salir ganando.