Valentina

Esta podía ser Valentina en la playa

Valentina no necesita nada más

No recuerdo como se llama, pero creo que la recordaré para siempre. Quizás Martina o Valentina. Es adorable, de verdad. Nada en su atuendo indica ningún tipo de sofisticación. Es fresca, divertida. Se ríe sin complejos, habla por los codos y gesticula expansivamente como una buena italiana del sur que es. Lleva un sencillo vestido negro de manga corta, y un colgante de cadena larga en forma de corazón dorado. El pelo castaño oscuro es largo, le cae por los hombros y se le forman unos divertidos rizos en las puntas. Su cara es bonita, sin más, pero la belleza que desprende va mucho más allá, es como una luz que nos ilumina a todos, brillante y alegre, se contagia. Miro a Marco, la observa como todos los demás, sonriente. Sé que la está admirando, como yo, y siento que él podría enamorarse de ella, si es que no está enamorado ya. Porque las cosas son así. Nos atraen las personas que irradian alegría, nos quedamos prendados de ellas. Incluso aunque llevara un saco de patatas por vestido.

Cuando salimos del restaurante y empezamos a caminar por la calle veo que han aparecido tres personas más que nos acompañan. Valentina -voy a llamarla así- va del brazo de uno de los recién llegados. Anda que parece que baile, con una sonrisa de oreja a oreja, y su luz resplandece cuando él la mira y se besan. Ese era el secreto, pienso, y recuerdo una vez en que estuve enamorada. Era como ella.

Marco camina a mi lado, pero habla con otra chica. Siento nostalgia. Sé que esos días de alegría pueden volver, así que respiro hondo y sigo caminando. Entonces pronto nos vamos a separar.

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