Hoy toca enfadarse

Peces

Desengáñate, eres un pez más en un mar de peces,
y sigues la corriente como todos los demás.

Nos quejamos de la clase dirigente que nos ha tocado, y estamos muy indignados, pero me parece a mí que es la que nos merecemos. Somos así, y así nos va a ir a menos que empecemos a replantearnos en serio qué tipo de sociedad queremos y los valores que nos tienen que gobernar.

Sé que es una afirmación muy trillada, pero es que no hay que ver los noticiarios para darse cuenta de ello; basta con mirar a nuestro alrededor. Estamos rodeados de gente egoísta sin principios ni valores que constantemente dinamitan la buena convivencia y en consecuencia, colaboran a que el sistema y la sociedad en sí se corrompa. Y no hablo del gamberro de turno que hace grafitis, ni del que rompe papeleras. Hablo de los compañeros de trabajo, de los vecinos, incluso de nuestras familias.

Vamos por el mundo pensando en nuestro propio beneficio, un beneficio inmediato y placentero, en la inmediatez de la “necesidad” cubierta, evitando sacrificios y molestias. No pensamos en el bien común, ni en la satisfacción que provoca hacer las cosas realmente bien, para el beneficio de todos. Trabajamos mal y deprisa, evitamos las responsabilidades y luego (ahora viene lo mejor) esperamos que los demás no hagan lo mismo. Es más, nos indignamos por la desidia ajena cuando nosotros mismos hemos sido los primeros en ser descuidados.

Si nos creemos merecedores de algo mejor, empecemos por ser nosotros mismos algo mejor.

No ficción (II)

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La capacidad de pasar página es inversamente proporcional a la intensidad de lo vivido.”

¿Qué se necesita para cerrar un capítulo de tu vida? ¿Se cierra cuando quieres o es una decisión del destino? ¿Por qué hay historias que se resisten a concluir?

La foto pixelada y azulada de una habitación vacía, de irregular perímetro y paredes blancas, con brillantes y frías baldosas negras con un dibujo de aguas blancas y grisáceas. Un armario blanco empotrado, con un espejo. Una cama grande y desnuda, sólo con un colchón. La esquina recortada de un escritorio negro, y el respaldo de una silla de despacho, también negra. Y un balcón luminiscente con un par de plantas en vulgares tiestos marrones.

Al fin se fue. Se dijo a si misma, ya puedes andar tranquila por esa calle, porque no te lo encontrarás. Sin embargo, prevalecía un sentimiento de incredulidad y desconfianza. Los sueños se mezclaban con las pruebas que tenía delante, y se daba cuenta que su cerebro le pedía más pruebas. Quizás algo que pudiera palpar. ¿Qué vas a hacer? Se preguntó; ¿montar guardia en ese portal durante 24 horas para cerciorarte que ya no entra ni sale nadie que puedas reconocer? ¿Pedir entrar en el piso y ver la habitación vacía? ¿Como en una película…?

Se dió cuenta de que sólo se despertaba cuando algo la golpeaba de verdad: “quizás necesitas que alguien te coja del brazo, te sacuda, te mire a los ojos y te diga, se acabó.”

Vivir para sentir

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Los niños sí que saben de qué va esto…

Todo lo que había soñado secretamente de jovencita se había cumplido: vivir experiencias únicas, conocer gente interesante, viajar, aprender fotografía y a pintar, hablar inglés, independizarse y vivir sola, navegar, trabajar en distintos sitios… incluso haber tenido una relación más o menos larga con un chico extranjero (con la ventaja de tener los suegros lejos). Todo lo que le había deseado, entre las tripas, el cerebro y el corazón, lo había vivido. Sin embargo, tenía que pararse a pensar para darse cuenta de ello, para decirse “eh, mira lo que he vivido! ¿Cómo puede ser que no me haya dado cuenta?” Aparentemente había devorado la vida, pero seguía sintiendo que todo había sido un sueño.

Se preguntó, entonces, cual era el recuerdo por cuya veracidad pondría la mano en el fuego. Un rubor, la sensación de un corazón encogido, un nudo en la garganta, un mareo, unos puños cerrados, unos ojos húmedos, la piel erizada, un llanto inconsolable, una risa descontrolada. Se dio cuenta entonces que cualquier experiencia vivida le parecería siempre lejana, difusa e irrepetible como un sueño, pero las sensaciones vividas permanecerían para siempre grabadas en las tripas, el cerebro y el corazón, y que allí estarían aguardándole expectantes a la espera de salir a la calle y dejarse llevar.  Vivir para sentir.

Navidades y soledades

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Dejaros mecer de vez en cuando en los consejos de los mayores; la mayoría de veces aprendes algo…

Hay algo que siempre me ha mordido el corazón, y es cuando veo una persona mayor en el marco de la soledad. No estoy hablando de la clásica estampa conmovedora de alguien pidiendo dinero o rebuscando comida en la basura, sino la soledad reflejada en los gestos cotidianos. Una mujer mayor subiendo cuesta arriba el carrito de la compra, pasito a pasito, con sus pequeños pies deformes dentro de unos cómodos y curiosamente abultados zapatos. Esas pausas que hace, apoyando una mano en un pilón, los resoplidos, cómo se recompone el peinado. Esos ojillos acuosos rodeados de arrugas, sin casi pestañas. El temblor de la boca, cómo suspira antes de volver a agarrar el carrito y volver a empujar… Esa podría ser yo, prodrías ser tú. Y sin embargo, son invisibles para todos.

¡Es tan fácil vivir de espaldas a esta realidad, pero es tan sumamente egoísta y absurdo, teniendo en cuenta que todos vamos a pasar por lo mismo! Y es que cuando somos jóvenes creemos que sabemos mucho más que nadie, ¡y es tan ridículo! Sólo esa creencia nos vuelve unos estúpidos ignorantes. Y con esta perorata típicamente navideña (lo siento, es lo que toca) no estoy pidiendo que salgamos a la calle a rescatar abuelos y abuelas y colmarles de antenciones… simplemente me gustaría sugerir que aprovechemos que nos reunimos las familias, pequeñas o grandes, para aparcar el smartphone, y dedicar un tiempo a contarles nuestras cosas a los mayores, que seguro que nos tienen guardado un muy buen consejo. Sin condescendencia. Os lo digo por experiencia, vais a salir ganando.

Esto ya lo había oído antes

Pocas veces pasa que de repente, oímos en boca de alguien algo que ya habíamos oído antes, y nos parece curioso y divertido. La última vez que me ocurrió fue viendo la película Frances Ha, pero más que divertirme me dejó absolutamente estupefacta porque las palabras parecían calcadas, como si el guión de la película lo hubiera escrito la persona que me lo soltó la primera vez. Me pareció tan increíble, que días después me dediqué a investigar si había alguna conexión, porque no podía salir de mi asombro.

Ahora pienso que es mejor dejarlo así, en suspenso, y simplemente releer o escuchar de nuevo esas palabras y dejar que me emocionen una y otra vez.

 

It’s that thing when you’re with someone, and you love them and they know it, and they love you and you know it… but it’s a party… and you’re both talking to other people, and you’re laughing and shining… and you look across the room and catch each other’s eyes… but – but not because you’re possessive, or it’s precisely sexual… but because… that is your person in this life. And it’s funny and sad, but only because this life will end, and it’s this secret world that exists right there in public, unnoticed, that no one else knows about. It’s sort of like how they say that other dimensions exist all around us, but we don’t have the ability to perceive them. That’s – That’s what I want out of a relationship. Or just life, I guess.

Frances Ha quotes (Imdb)

Compensacions

Dedicat al Gabi :)

L’olor calenta i dolça s’ha escapat del forn i arriba fins al rebedor com la més càlida benvinguda. Diposita el deliciós present en un plat de ceràmica lluent i neteja amb cura l’estela accidental de xocolata amb un drap de cuina blanc i net. El pa de pessic suau i esponjós és com una ofrena a un Déu ofès. Una humil demanda de perdó.

Observa el pastís amb incertesa i es pregunta si n’hauria de tastar un tros per saber si ha quedat bo. Després s’ho repensa. L’important és la intenció. I així, sencer, el present fa més goig. Somriu per fi, sent que l’envaeix una alegria fins aleshores continguda, que esclata quan se’n adona que es troba a l’avantsala de la felicitat. Amb un altre drap net cobreix el pastís i surt de la cuina cantussejant alegrement.

Passeja pel pis, fent temps. Repassa els objectes, treu la pols d’algun racó amb la mà i s’espolsa a la faldilla. El somriure roman a la cara. Ensuma la flaire del seu present, que s’ha escampat per tota la casa, i somriu indulgent mentre endreça algunes peces de roba que ell ha deixat desornades, sense malícia, a sobre del llit. Ensopega amb unes sabates, i quan abaixa la mirada veu que són les sabatilles que utilitza per sortir a córrer els vespres d’estiu pel passeig. De sobte recorda que aquests darrers dies ha plovisquejat i que és probable que les soles estiguin plenes de fang. Amb un gest preocupat alça les sabatilles del terra i comprova que hi ha algunes restes de fang ressec, i tot i que fa petar la llengua amb un gest de desaprovació, reconeix que hagués pogut ser pitjor.

Amb un gest de resignació, duu les sabatilles al vestidor. Desa les sabatilles al sabater, i en incorporar-se fent un pas enrere es colpeja l’esquena inesperadament. S’enduu la mà als ronyons mentre mira per sobre l’espatlla amb què ha topat, i abans que se’n pugui adonar, la bicicleta li ha caigut a sobre. Deixa anar un renec adolorit, s’aparta arrufant el nas i propina una puntada de peu a la bicicleta. Coi d’andròmina, exclama. Mira que li he demanat vegades que la deixi al balcó, però no vol. Massa diners li ha costat per a deixar-la a la intempèrie, diu. Doncs no l’amortitzarà pas, en aquesta habitació morta de fàstic i amb una roda punxada.

Entra al lavabo per mirar-se l’esquena al mirall, a veure si li ha sortit un blau. S’aixeca la samarreta, no sembla que s’hagi fet res. La mirada sorruda es desvia a la faldilla i veu que la roda de la bicicleta li ha deixat una marca de greix. Deixa anar un renec, amb veu ben alta. Protesta obertament, quina mala sort. Coi de bicicleta, l’hagués hagut de desmuntar d’un sol cop de peu! Es treu ràpidament la faldilla, obre l’aixeta amb fúria i intenta fregar la taca amb sabó perfumat de maduixa. Quan aixeca la vista de la taca, se’n adona que la pica està plena del pèls de barba. Curts i negres.

Enfurismada, deixa anar un crit, i nua de cintura en avall, es dirigeix ràpidament a la cuina. Sabates enfangades, faldilles tacades i piques plenes de pèls saturen el seu pensament. S’atura davant del pastís, cobert amb el drap blanc, i estreny els punys amb fúria. Si la mirada fossin ganivets, ja tindria el pastís partit en mil trossos. La seva imaginació fa un salt al futur i li sembla veure el molt dropo tot feliç endrapant el seu esforç en format dolç i esponjós. Sense un comentari, sense una disculpa, sense ninguna explicació. Fang i pèls per tot arreu. No es mereix el seu regal, el seu temps ni el seu esforç. D’un cop de mà ràpid i precís, llença el pastís a terra, que xoca de ple amb la pota de la taula i s’esberla. Un nus puja per la gola, una picor familiar li omple les narius i les llàgrimes humitegen els ulls. La vista del pastís, allà terra, l’omple de pena. S’asseu a terra, deixa que un plor amarg trenqui el silenci. No sap si aquest últim gest de ràbia ha estat una venjança o la última carta mal jugada. Deixada perdre. Es moca amb el drap que ha caigut a terra. Fa olor de xocolata. El nas, alliberat, ensuma l’olor dolça i densa que s’havia escampat pel pis i que ara li omple de nou els sentits. S’inclina cap al pastís trencat i n’agafa un tros. És tan esponjós i suau com s’havia imaginat en veure’l coure a poc a poc. Tanca els ulls i se’l duu a la boca i se’n adona que és com ella, amb aquest regust amarg de la xocolata.

Sent el tic-tac del rellotge de la cuina, ha passat una hora i segueix asseguda a terra, que és ple de molles de color marró. Es llepa els dits i somriu satisfeta, aquesta vegada, ningú li ha robat el seu moment.

Cambio de armario

Escaparate de American Apparel en la calle Avinyó (Barcelona).

La delgada línea entre el yo y el disfraz. Escaparate de American Apparel en la calle Avinyó (Barcelona).

Abres el armario y ves todos aquellos vestidos cortos de colores y es como si vieras el armario de otra persona porque no te reconoces en ellos… Otra persona los vestía y actuaba desesperadamente obsesionada con un papel que le venía grande, o quizás pequeño, o quizás fuera otro papel que no le correspondía. Los sacas de allí, piensas que podrías ponerlos todos dentro de una bolsa y atarla, y deshacerte de ellos y no te daría ninguna pena. Entre ellos se asoma uno que te llama como con un canto de sirena, era bonito, piensas, y aparece una brizna de duda, qué pena darlo, es tan llamativo el estampado, pero qué sentido tiene guardarlo si no es tuyo, es de aquella actriz tan mala que lo intentó todo en vano.

Y vuelves la vista a tus vestidos de invierno, tan negros, tan sobrios, tan elegantes, y tus jerséis grises y tus bufandas grana y amarillo mostaza, y te reconfortas y te ves en ellos, con tus botines y tus medias de lana, y sonríes. Qué bien haber podido dejar el teatro, piensas, qué bien poder decir hasta aquí basta, y no te da pena ni te caen las lágrimas, quizás te pique un poco la nariz, pero es el polvo de la habitación que flota en el aire.

¡Vivan los cambios de armario!